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Desprendimiento de los bienes terrestres mayo 4, 2009

Posted by My profile in Colunas, Conozca la doctrina Espirita, El Evangelio según el Espiritismo, Estudios, Paz.
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                   Vengo, hermanos míos y amigos, a traeros mi óbolo para ayudaros a marchar con valor por el camino del perfeccionamiento en que habéis entrado. Nosotros nos debemos unos a otros; sólo por una unión sincera y fraternal entre Espíritus y encarnados será posible la regeneración.

                   Vuestro amor a los bienes terrestres es una de las mayores trabas para vuestro adelantamiento moral y espiritual; por ese apego a la posesión, suprimís vuestras facultades afectivas concentrándolas todas en las cosas materiales. Sed sinceros. ¿Acaso la fortuna da una felicidad inmaculada? Cuándo vuestros cofres están llenos, ¿no hay siempre un vacío en vuestro corazón? En el fondo de este cesto de flores, ¿no hay siempre un reptil escondido? Comprendo que un hombre que por un trabajo asiduo y honroso, ganó la fortuna, experimente una satisfacción muy justa, sin embargo; de esta satisfacción natural que Dios aprueba, a un apego que absorbe todos los otros sentimientos y paraliza los impulsos del corazón, hay mucha distancia, tanta distancia como de la sórdida avaricia a la prodigalidad exagerada; dos vicios entre los cuales Dios ha colocado la caridad, santa y saludable virtud, que enseña al rico a dar sin ostentación para que el pobre reciba sin bajeza.

                   Ya venga la fortuna de vuestra familia, ya la hayáis ganado con vuestro trabajo, hay una cosa que nunca debéis olvidar, y es que todo viene de Dios y todo vuelve a Dios. Nada os pertenece en la Tierra, ni siquiera vuestro pobre cuerpo; la muerte os despoja de él, como de todos los bienes materiales; sois depositarios y no propietarios; no os engañéis acerca de esto; Dios os ha prestado y debéis restituírselo, y lo que os presta es con la condición de que al menos lo superfluo revierta para aquellos que no tienen lo necesario.

                   (…)Infelizmente hay siempre en el hombre que posee, un sentimiento tan fuerte que lo apega a la fortuna: es el orgullo. No es raro ver al hombre que ha medrado aturdir al infeliz que implora su asistencia con la narración de sus trabajos y de su saber, en vez de venir a ayudarlo, acaba por decir: “Haga lo que yo hice”. Según él, la bondad de Dios no ha intervenido para nada en su fortuna; sólo atribuye el mérito a sí mismo; su orgullo pone una venda en sus ojos y le tapa los oídos; no comprende que con toda su inteligencia y su destreza, Dios puede derrumbarle con una sola palabra.

                  (…) He aquí, mis amigos, lo que quería enseñaros en cuanto al desprendimiento de los bienes terrestres; resumiré diciendo: Sabed contentaros con poco. Si sois pobres, no envidiéis a los ricos, porque la fortuna no es necesaria para la felicidad; si sois ricos, no olvidéis que estos bienes se os han confiado y que deberéis justificar su empleo como en una cuenta de tutela. No seáis depositarios infieles haciéndolos servir para la satisfacción de vuestro orgullo y de vuestra sensualidad; no os creáis con el derecho de disponer únicamente para vosotros de lo que sólo es un préstamo y no un donativo. Si no sabéis devolver, no tenéis el derecho de pedir, y acordaos que el que da a los pobres paga la deuda que ha contraído con Dios. (LACORDAIRE, Constantina, 1863).

Extraído del Evangelio según el Espiritismo”, Editora Mensaje Fraternal (Venezuela).

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El valor de la fe abril 6, 2009

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Todo aquel que me confesare y me reconociere delante de los hombres, yo lo reconoceré y confesaré también, yo mismo, delante de nuestro Padre que está en los cielos; y todo aquel que me negare delante de los hombres, yo lo negaré también, yo mismo, delante de nuestro Padre que está en los cielos. (San Mateo, cap. X, v. 32 y 33).

 

 

Si alguno se avergonzare de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando viniere con su gloria y con la de su Padre y de los santos ángeles. (San Lucas, cap. IX, v. 26).

 

 

                        El valor de la opinión se ha tenido siempre en estima por los hombres, porque es un mérito de desafiar los peligros, las persecuciones, las contradicciones e incluso los simples sarcasmos a que se expone casi siempre el que no teme confesar muy alto las ideas que no son de todo el mundo. En esto, como en todo, el mérito está en razón de las circunstancias y de la importancia del resultado. Siempre hay debilidad en retroceder ante las consecuencias de su opinión y regenerarla, pero hay casos en que es una cobardía tan grande como huir en el momento del combate.

 

 

                        Jesús señala esta cobardía desde el punto de vista especial de su doctrina, diciendo que si alguno se avergonzare de sus palabras, también él se avergonzará de él; que él negará al que le niegue; que el que le confesara ante los hombres le reconocerá ante nuestro Padre que está en los cielos; en otros términos: aquellos que tuvieren miedo de confesarse discípulos de la verdad, no son dignos de ser admitidos en el reino de la verdad. Perderán el beneficio de su fe, porque es una fe egoísta que guardan para ellos mismos, pero que la ocultan por miedo de que les ocasione perjuicio en este mundo, mientras que aquellos que colocando la verdad sobre sus intereses materiales la proclaman abiertamente, trabajan al mismo tiempo para su futuro y el de los otros.

 

                        Así será con los adeptos del Espiritismo, puesto que su doctrina no es otra que el desarrollo y aplicación de la del Evangelio; a ellos se dirigen también las palabras de Cristo. Siembran en la Tierra lo que recogerán en la vida espiritual; allí recogerán los frutos de su valor o de su debilidad.

 

Extraído del “Evangelio según el Espiritismo”, Editora Mensaje Fraternal (Venezuela).

 

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