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De la infancia marzo 23, 2009

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379. El espíritu que anima el cuerpo de un niño, ¿está tan desarrollado como el de un adulto?

 

«Puede estarlo más, si más ha progresado, y sólo la imperfección de los órganos le impide manifestarse. Obra en proporción al instrumento con cuya ayuda puede producirse».

 

380. En un niño de poca edad el espíritu, fuera del obstáculo que la imperfección de los órganos opone a su libre manifestación, ¿piensa como un niño, o como un adulto?

 

«Cuando es niño; natural es que, no estando desarrollados los órganos de la inteligencia, no puedan darle toda la intuición de un adulto, y tiene, en efecto, la inteligencia muy limitada, ínterin la razón es madurada por la edad. La turbación que acompaña a la encarnación, no cesa súbitamente en el acto del nacimiento y sólo gradualmente se disipa el desarrollo de los órganos».

 

Una observación viene en apoyo de esta respuesta, y es la de que los sueños de un niño no tienen el carácter de los de un adulto. Su objeto es casi siempre pueril, indicio de la naturaleza de las preocupaciones del espíritu.

 

381. A la muerte del niño, ¿recobra el espíritu inmediatamente su vigor primitivo?

 

«Debe ser así, puesto que está desprendido de su envoltura corporal. No recobra sin embargo, su lucidez primitiva, hasta que la separación es completa, es decir cuando ya no existe lazo alguno entre el espíritu y el cuerpo».

 

382. ¿El espíritu encarnado sufre, durante la infancia, por la violencia que le hace la imperfección de sus órganos?

 

«No; este estado es una necesidad, es natural y conforme con las miras de la Providencia. Es un tiempo de descanso para el espíritu».

 

383. ¿Qué utilidad reporta al espíritu de pasar por el estado de la infancia?

 

«Encarnándose el espíritu con la mira de perfeccionarse, es más accesible, durante aquel tiempo, a las impresiones que recibe y que pueden favorecer su progreso, al que deben contribuir los que están encargados de su educación».

 

384. ¿Por qué el llanto es el primer grito del niño?

 

«Para excitar el interés de la madre y provocar los cuidados que le son necesarios. ¿No comprendes que, si sólo gritase de alegría, nadie se inquietaría por lo que necesita, cuando no sabe hablar aún? Admirad, pues, en todo la sabiduría de la Providencia».

 

385. ¿De dónde procede el cambio que se opera en el carácter a cierta edad, particularmente al salir de la adolescencia? ¿Es el espíritu el que se modifica?

 

«Es el espíritu que recupera su naturaleza y se muestra como era.

 

 

 

Extraído del Libro de los Espíritus, Talleres Gráficos de Manuel Pareja

Montaña, Barcelona – España.

 

 

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Fatalidad febrero 23, 2009

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851. Existe fatalidad en los acontecimientos de la vida, según el sentido dado a aquella palabra, es decir, todos los sucesos están determinados anticipadamente, y si es así, ¿qué se hace el libre albedrío?

 

«La fatalidad existe sólo en virtud de la elección que ha hecho el espíritu, al encarnarse, de sufrir tal o cual prueba. Eligiéndola, se constituye una especie de destino, consecuencia de la misma posición en que se encuentra colocado. Hablo de las pruebas físicas; porque en cuanto a las morales y a la tentación, conservando el espíritu su libre albedrío en el bien y en el mal, es siempre dueño de ceder o de resistir. Un espíritu bueno, viéndole flaquear, puede venir en su ayuda; pero no influir en él hasta el punto de dominar su voluntad. Un espíritu malo, esto es, inferior, enseñándole y exagerándole un peligro físico, puede conmoverle y espantarle; pero no dejará por ello de quedar libre de toda traba a la voluntad del espíritu encarnado».

 

852. Hay personas a quienes parece perseguir la fatalidad, independientemente de su manera de obrar, ¿no forma parte de su destino la desgracia?

 

«Acaso son pruebas que deben sufrir y que han elegido; pero, os lo repito, vosotros achacáis al destino lo que a menudo no es más que una consecuencia de vuestra propia falta. Cuando te aflijan males, procura que tu conciencia esté pura, y estarás medio consolado».

 

Las ideas falsas o exactas que nos formamos de las cosas, nos hacen triunfar o sucumbir según nuestro carácter y posición social. Encontramos más sencillo y menos humillante a nuestro amor propio atribuir nuestros descalabros a la suerte o al destino que a nuestra propia falta. Si a veces contribuye a ello la influencia de los espíritus, podemos siempre substraernos a esa influencia, rechazando las ideas que nos sugieren, cuando son, malas.

 

853. Ciertas personas se libran de un peligro mortal para caer en otro, y parece que no podían escapar de la muerte. ¿No es esto la fatalidad?

 

«Sólo es fatal, en el verdadero sentido de la palabra, el instante de la muerte, llegado el cual, ya por uno, ya por otro medio, no podéis substraeros a él».

 

-Así, pues, cualquiera que sea el peligro que nos amenace, ¿no moriremos si no ha llegado aún nuestra hora?

 

«No, no perecerás, y de ello tienes miles de ejemplos; pero llegada tu hora de marchar, nada puede librarte. Dios sabe anticipadamente de qué clase de muerte sucumbirás, y a menudo también lo sabe tu espíritu; porque le es revelado, cuando elige tal o cual existencia».

 

854. ¿Síguese de la infalibilidad de la hora de la muerte que son inútiles las precauciones que se toman para evitarla?

 

«No; porque las precauciones que tomáis, os son sugeridas con la mira de evitar la muerte que os amenaza. Son uno de los medios para que no se verifique».

 

855. ¿Cuál es el objeto de la Providencia, haciéndonos correr peligros, que no han de producirnos consecuencias?

 

«El peligro que tu vida ha corrido es una advertencia que tú mismo has deseado, con el fin de alejarte del mal, y volverte mejor. Cuando te libras de él, estando aún bajo la influencia del peligro que has corrido, piensas más o menos decididamente, según la acción más o menos caracterizada de tus espíritus buenos, hacerte mejor de lo que eres. Al sobrevenir los espíritus malos (digo malos sobreentendiendo el mal que aún en ellos existe), te figuras que saldrás igualmente ileso de otros peligros, y dejas que tus pasiones se desenfrenen nuevamente. Por medio de los peligros que corréis, Dios os recuerda vuestra debilidad y la fragilidad de vuestra existencia. Si se examina la causa y naturaleza del peligro, se verá que, la mayor parte de las veces, sus consecuencias hubieran sido castigo de una falta cometida o de un deber descuidado. De este modo Dios os amonesta a que os reconcentréis en vosotros mismos y os corrijáis». (526-532)

 

 

 

Extraído del Libro de los Espíritus, Talleres Gráficos de Manuel Pareja

Montaña, Barcelona – España.

 

 

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